Karri Saarinen, creador de software en Linear, sostiene que los productos más exitosos se definen por el 'alma' de sus creadores: las experiencias específicas, los valores y las perspectivas personales que moldean cómo funciona una herramienta. En su análisis, Saarinen sugiere que, si bien la industria a menudo trata el desarrollo de software como un proceso de fábrica estandarizado de recopilación de requisitos y construcción de funciones, este enfoque pasa por alto el papel crítico de la intuición humana. Él define la intuición no como una suposición aleatoria, sino como un punto de vista desarrollado a través de años de trabajo en productos, interacción con clientes y aprendizaje de errores. Esta perspectiva permite a los creadores tomar decisiones definitivas sobre lo que debe ser un producto, en lugar de simplemente seguir un flujo de trabajo basado en datos.

Esta imagen sirve como un ancla visual para el argumento de Saarinen de que el software debe ser una escultura cohesiva de la intención humana.
Saarinen observa una tendencia creciente en la que el software comienza a sentirse 'desordenado' porque las empresas priorizan la adición de nuevas capacidades sobre el refinamiento de la experiencia central. Él plantea que es técnicamente más fácil añadir nuevas funciones que replantear las existentes, lo que da lugar a productos que funcionan como una colección de habilidades dispares en lugar de una escultura cohesiva. Esta fragmentación, sugiere, puede verse exacerbada por el flujo de trabajo moderno donde los individuos utilizan agentes de IA para producir cambios de forma independiente. Cuando múltiples agentes operan como pequeñas 'fábricas de software' aisladas, el producto resultante puede parecer un 'monstruo de Frankenstein': una serie de partes funcionales que carecen de un punto de vista unificado o de una visión creativa compartida.
La tensión central reside entre la facilidad de la producción automatizada y la dificultad de mantener un carácter consistente. A medida que el desarrollo de software se vuelve técnicamente más sencillo, Saarinen argumenta que el valor se desplaza hacia la capacidad del creador para comprender profundamente un problema y dar forma a una respuesta hasta que las piezas encajen juntas. Sugiere que, sin un creador humano que aporte intención y gusto, los productos corren el riesgo de convertirse en un promedio de todos los resultados posibles, diluidos por la falta de una perspectiva singular. Para Saarinen, el objetivo es alejarse del modelo de 'fábrica' de producción hacia un oficio donde la perspectiva del creador permanezca visible en el producto final, asegurando que cada función sirva a un propósito coherente e intencionado.