El desarrollo del dinero y la banca se entiende a menudo como una serie de soluciones a las ineficiencias del trueque. En un modelo simplificado, los aldeanos pasan del intercambio directo al uso de un medio común de valor, como piedras, para facilitar el comercio. A medida que crecen las necesidades económicas, este sistema evoluciona para incluir el crédito, donde las partes registran deudas que se liquidarán más tarde, y el interés, que compensa a los prestamistas por el valor temporal del dinero. Los bancos surgen como intermediarios que conectan a quienes tienen exceso de capital con quienes necesitan crédito, creando un sistema donde los activos y pasivos se registran en un balance. Esta estructura introduce el concepto de riesgo de liquidez, donde un banco puede ser solvente —es decir, que sus activos superan a sus pasivos— pero incapaz de satisfacer las demandas inmediatas de efectivo, lo que podría provocar corridas bancarias. Para gestionar estos riesgos y facilitar los pagos, los bancos desarrollan sistemas como la liquidación bruta y la liquidación neta de deuda, que permiten la transferencia eficiente de valor entre instituciones. Si bien estos modelos proporcionan un marco útil para comprender la evolución financiera, son distintos de los relatos históricos del desarrollo económico. La banca moderna, tal como la describe el Banco de Inglaterra, opera de manera diferente a la idea errónea común de que los bancos simplemente actúan como intermediarios de los depósitos existentes. En cambio, los bancos comerciales crean dinero mediante el acto de prestar, un proceso influenciado en última instancia por la política monetaria del banco central. La jerarquía del dinero se construye fundamentalmente sobre capas de confianza, donde diferentes formas de crédito y moneda se aceptan en función de la fiabilidad percibida del emisor, ya sea un banco local o un gobierno soberano.