El archivo de Snowden se entiende mejor no como un objeto perdido, sino como una colección cuya custodia privada sobrevivió a su publicación pública. Una cuenta de Libroot publicada el 20 de septiembre de 2026 afirma que el último lote apareció el 29 de mayo de 2019 y que ningún medio de comunicación, periodista o institución ha publicado desde entonces otro documento del archivo. Se trata de una afirmación firme de quien la publica sobre el registro público, pero las pruebas suministradas no contienen un inventario mundial independiente que demuestre que no se realizó ninguna otra difusión no pública en ningún lugar.
La distribución del archivo comenzó antes de que se hiciera pública la identidad de Edward Snowden. Libroot informa de que Snowden envió a Laura Poitras un archivo cifrado en marzo de 2013, le remitió un paquete físico en mayo y, a finales de ese mismo mes, facilitó las claves de un archivo llamado Pandora —descrito como una colección de unos 50.000 documentos—. Poitras distribuyó entonces copias entre varias personas e instituciones para evitar lo que Snowden denominó un «punto único de fallo».
El relato de Glenn Greenwald publicado en 2023 confirma de forma independiente la magnitud general y la distribución temprana, aunque procede de un participante y no de un auditor externo. Greenwald recuerda que Snowden entregó al periodista de The Guardian Ewen MacAskill una memoria USB con decenas de miles de documentos de la NSA y el GCHQ, y que Poitras y el propio Greenwald recibieron material adicional. Según él, ese material respaldó posteriormente reportajes de The Guardian, The New York Times y ProPublica. Esto corrobora la existencia de una colección amplia y distribuida deliberadamente, pero no verifica el tamaño exacto ni el estado actual de cada copia.

La imagen acompaña el relato de Harper’s de 2017 sobre la distribución y custodia del archivo, un tema tratado en el relato del artículo sobre su dispersión inicial.
Las pruebas también permiten distinguir entre posesión y acceso. En marzo de 2019, Greenwald dijo que él y Poitras conservaban copias completas, y que otras personas e instituciones también las tenían. Poitras afirmó en 2022 que el archivo seguía existiendo y que contenía material de importancia histórica permanente. Estas declaraciones respaldan la afirmación de que algunas copias sobrevivieron al último lote público. Sin embargo, no demuestran que todos los custodios sigan conservando claves funcionales, que sus copias sean idénticas o que alguno de los archivos completos siga siendo técnicamente legible hoy.
La publicación siempre fue selectiva. Libroot informa de que The Guardian poseía aproximadamente 58.000 documentos, pero publicó solo unos 30 antes de dejar de divulgar documentos en febrero de 2014: alrededor del 0,05 % de los fondos declarados. El periódico siguió elaborando reportajes a partir del material después de esa fecha, incluidas investigaciones sobre la vigilancia de periodistas y el papel del GCHQ en operaciones con drones. Por lo tanto, el cierre relevante no supuso el fin completo de los reportajes basados en el archivo, sino el fin de la publicación habitual de documentos subyacentes por parte de ese medio.
Otros colaboradores siguieron calendarios diferentes. Según Libroot, Der Spiegel dejó de publicar documentos en enero de 2015, mientras que The New York Times y ProPublica lo hicieron en agosto de 2015. The Intercept continuó divulgando material hasta marzo de 2019, y el último lote apareció en mayo de ese año. Este calendario desigual apunta a decisiones editoriales independientes, no a un único acontecimiento técnico que destruyera o inutilizara todo el archivo.
Por qué esas decisiones terminaron acumulándose sigue sin resolverse. Libroot examina la disminución de la atención editorial, los presupuestos, las prioridades competitivas, las restricciones legales y de seguridad nacional, y el argumento de que los documentos más antiguos habían perdido valor informativo. También señala que The Guardian soportó una considerable presión gubernamental, consultó a las autoridades sobre casi todas sus primeras noticias relacionadas con Snowden y destruyó en julio de 2013 los ordenadores de Londres que almacenaban su copia, una medida que un antiguo subdirector describió posteriormente como simbólica porque las copias ya se habían trasladado a Estados Unidos. Estos hechos demuestran la existencia de presiones institucionales reales, pero no prueban cuál de ellas hizo que un medio concreto dejara de publicar.
La importancia histórica del archivo tampoco puede inferirse únicamente del reducido porcentaje publicado. Un conjunto limitado de documentos puede revelar programas de gran importancia, mientras que una colección inédita más amplia puede contener duplicados, material secundario o pruebas adicionales cuya importancia aún no se haya evaluado. Las fuentes suministradas no demuestran ni que el 1 % publicado fuera representativo ni que el 99 % restante contuviera revelaciones de importancia comparable.
Para los lectores, la distinción central es la que existe entre desaparición y opacidad. Las pruebas respaldan una cadena de custodia que involucró a varios periodistas e instituciones, la posesión privada continuada años después y una última publicación pública en 2019. No permiten establecer un inventario actual, confirmar que todas las copias estén intactas, identificar quién podría autorizar el acceso ni explicar de manera exhaustiva por qué cesó la publicación. Hasta que aparezcan esos registros, las afirmaciones de que el archivo ha desaparecido, está completo, fue suprimido o todavía alberga revelaciones de gran impacto van más allá de lo que permiten sostener las pruebas.